ALEJANDRO PÉREZ LUGÍN
compostela

CASTILLO DE SAN ANTÓN

8 de septiembre de 2017

El Castillo de San Antón, que Lugín describe como «solitario en la bahía», aunque durante mucho tiempo sus cañones formaron un triangulo defensivo con la fortaleza de Mera —que pasaría a manos del marqués de Cavalcanti— y el semiderruido castillo de San Diego; impidiendo el fondeo de los barcos enemigos; es hoy en día uno de los simbolos de Galicia.

También fue un presidio militar que contó con un selecto número de huéspedes entre los que destacan el navegante Malaspina y el general Porlier y es posible que también el conde de Montijo, tío de la Emperatriz Eugenia, cuya vida, aventura y rimbombantes actividades han sido estudiadas por el teniente general Cassinello en el libro La turbulenta vida del Conde de Montijo (Coruña: Editorial Camiño do Faro, 2008).

La vista del castillo de San Antón es placentera.

Vista actual del castillo de San Antón y la bahía de Coruña. Foto: Matías Membiela-Pollán.

A finales del XIX, su imagen coronada por una grande, bella y gloriosa bandera española se -halaba-  en aquella  medida del mar de la ensenada tal cual aparece en un grabado de Cuevas y en una pintura del profesor Isidoro Brocos, maestro de Picasso.

En 1888 orientaba la vía de entrada a la bahía y seguía siendo su vigía natural, junto con la Torre de Hércules y varias fachas de aviso a vista de fuego y de humo, cuyas ruinas sobreviven en el monte de San Pedro y en la costa de Mera.

En los días de más duro invierno, con el dique de abrigo y la dársena, sin construir, el fuerte oleaje barría los peñones de la isla de los Cuervos para después de romper contra los placeres que bordean el islote donde se iza la fortaleza de San Antón y entrar contra el playayazo oeste donde sobre su roca madre se asentaba el Hospital Militar y la desaparecida playa del Parrote que era un punto de descarga del contrabando "al detall", el refugio de las lanchas de Mugardos y de Ares, y el lugar en el que se carenaban las lanchas pesqueras y las "gasolineras" de Sada.

El oleaje proseguía y dejando a su derecha una cárcel digna del buen Conde de Montecristo entraba al muelle de Montoto, la Marina, que después fue dársena y que poco a poco se remontó hasta llegar a  parecerse a sus, cantabras primas-hermanas;  y en particular a la alberca marina de San Sebastián.

El fondeadero, que no puerto de Coruña, era un surgidero muy animado. No sólo por los barcos que andaban al cabotaje sino por el número de emigrantes que en los barcos de línea partían hacia América y Filipinas.

El arribo de los barcos era un evento que apuraba las oficinas de los consignatarios, las barcazas de descarga de pasajeros y mercancías, el movimiento en las casas de hospedaje, en las fondas y en el Hotel Continental, el número de viajeros por ferrocarril y en diligencia, el servicio de correos y de telégrafo, y los almacenes de los comerciantes e importadores que daban su frente al bello castillo asentado en el brazo de mar de aquella que fue hermosísima bahía..

 

Lucindo-Javier Membiela 

Matías Membiela-Pollán.

 

*El alargado islote y el corte de piedra marina en el que se asienta el evocador castillo de San Antón, no solo fue uno de los hitos de orientación de los barcos ingleses y franceses y del Mar del Norte que entraban en la bahía para depositar los peregrinos que procedían de estas tierras, resiguiendo a continuación y por tierra asenderada el Camino do Faro hasta Santiago de Compostela, sino y también la puerta al fondeadero de los navíos que hacían  -buen comercio- con los Países Bajos y las tierras que hoy se corresponden con Bélgica, Holanda y Dinamarca.

Tenga por los demas en cuenta el apreciado lector que los nautas historicos, hasta que la arena terminó por cegar lo más profundo de la bahía que terminaba en el pueblo de El Burgo y su puente, desembarcaban en esta última pobladura; lo cual les hacía ganar uno o dos días de viaje en el trayecto interior por la peninsula o en el camino hacia " a bela e vella vila de Sant-Iago de Compostela".

 

Foto
The House of Troy
OBRA PREMIADA POR LA REAL ACADEMIA DE LA
LENGUA ESPAÑOLA
Edición de Lucindo-Javier Membiela
Ilustraciones de Cristina Figueroa